Pregunta del día

junio 24

Hermano Copeland, escuché que menciono que Dios lo liberó de un problema de sobrepeso. Durante muchos años he tenido ese problema, he puesto en práctica dietas que he encontrado en libros, sin embargo, ninguna me ha funcionado ¿Podría decirme qué estoy haciendo mal?

Antes que nada, permíteme hacer una corrección importante. Dios no me liberó de un problema de sobrepeso. Él me liberó de un problema de comida.
Es importante que puedas entender eso. Pues siempre que traté únicamente de perder peso, como tu yo también fracasé en repetidas ocasiones. Literalmente perdía cientos de libras, sin embargo, después de transcurrir el tiempo las volvía a recuperar.
Entonces acudí a Dios para reclamarle, y a la vez, pedirle ayuda. Sin embargo, aún no me encontraba preparado para obtener la victoria en esa área, así como la había obtenido en otras áreas de mi vida.
Hasta que finalmente, un día tomé una decisión firme, le pedí a Dios: «¡No daré un paso más, hasta saber qué debo hace con mi problema de sobrepeso! En el nombre de Jesús de Nazaret, ¡obtendré la respuesta!». Luego, comencé a ayunar, me aparté de todas las personas, y me propuse escuchar a Dios.
En medio de mi ayuno, el Señor me reveló de dónde provenía el problema. Me mostró que yo quería perder peso, pero no quería cambiar de manera permanente mis hábitos alimenticios. Estaba actuando como un alcohólico que quiere seguir bebiendo, sin que eso le afecte. ¡Quería comer nueve veces al día, y continuar pesando 165 libras!
Era una persona glotona que deseaba continuar con mi glotonería, y escaparme de alguna forma de las consecuencias. Sin embargo, ¡Dios no puede ponerse de acuerdo con una persona que hace eso! En Su Palabra, Él puso a la glotonería en la misma categoría de las borracheras. Y eso es pecado. ¡Con razón mis oraciones no estaban siendo contestadas!
Y lo que hice fue cambiar mi oración. Primero, me arrepentí de haber cometido el pecado de la glotonería. (Y créeme, eso fue muy difícil. Pues ahí me di cuenta de lo difícil que es para una persona que bebe alcohol, enfrentar el hecho de que es un alcohólico. Duele mucho admitir algo como eso). Luego, en lugar de pedirle a Dios que me liberara del problema del sobrepeso, le pedí que me librara del problema de la comida.
Al principio, fue difícil entender cómo recibiría mi liberación en esa área. Recuerdo que cuando recibí la liberación de la atadura del tabaco, lo dejé por completo. Y lo mismo sucedió con el alcohol. ¿Pero recibir liberación de la comida? ¡Si la dejaba por completo, me moriría de hambre!
Luego, el Señor puso todo en orden, y me dijo: «No te voy a liberar de toda la comida, sólo te libraré de ciertos tipos de comida».
Sabía de lo que Él estaba hablando. Dios se refería a la comida que no es saludable —la que está llena de grasas y azúcar—. (Proverbios 23:3 se refiere a ese tipo de comida como: «…manjares delicados…»). Él estaba hablando acerca de ponerme de manera permanente en una dieta saludable.
Sin embargo, el problema era que a mí no me gustaba la comida saludable. No podía sentarme en la mesa cerca de un vegetal, ¡mucho menos comérmelo! Actuaba así desde que era un niño.
Pero el Señor me aseguró que podía cambiar por completo mi apetito, con el fin de que pudiera en realidad disfrutar la comida que me hace bien. Y así lo hizo.
Ahora bien, no quiero que me mal interpretes. Pues todos mis problemas no desaparecieron de la noche a la mañana. Para que desaparecieran, tuve que hacer un compromiso firme —una decisión de calidad, una decisión de la que no se puede volver atrás— para dejar la glotonería en el pasado. Tuve que afirmarme en la Palabra de Dios con fe, creyendo que Él me liberaría como lo había prometido, y permitiéndole que desarrollara en mí nuevos deseos con respecto a la comida.
En lugar de comenzar esas dietas que aparecen todos los días, recurrí a Dios, y le pedí: «Señor, quiero hacer esto de la forma que a Ti te agrada. Muéstrame cómo hacerlo». Y en el transcurso de los años, me enseñó más acerca de la gasolina que mi cuerpo necesita. Me mostró con exactitud los cambios que debía hacer, y me dio el poder para hacerlos.
En lugar de alimentar de manera constante mi cuerpo con pasteles, y pollo frito; comencé a llenar de manera constante mi espíritu de la Palabra de Dios. Y mientras lo hice, la victoria de Dios comenzó a reemplazar mi derrota. Descubrí que, como Filipenses 4:13 dice, ¡en realidad puedo hacer todas las cosas por medio de Cristo que me fortalece! Descubrí que no importaba si por medio de mis propias fuerzas era incapaz y vulnerable en esa área de mi vida, el poder de Dios se perfeccionaría en mi debilidad (2 Corintios 12:9).
Ahora en verdad puedo declarar que ya no siento más presión en esa área de mi vida. La comida ya no es un problema para mí. En el pasado me mantuvo totalmente atado. Sin embargo, ahora soy totalmente libre, gracias a Dios.
Eso mismo puedes alcanzar si te acercas al Señor para pedirle liberación, no sólo del problema del sobrepeso, sino del problema de la comida; el cual muy bien sabemos que es el que se encuentra atrás del problema del sobrepeso. Pasa tiempo en la lectura de Su Palabra, y en oración con Él. Deja que Él te muestre de dónde proviene el problema.
No sólo le pidas que cambie como luces, ¡pídele que cambie tu vida!
Y por experiencia propia, puedo decirte que ¡Él lo hará!