julio 14, 2016

Creciendo JUNTOS en la Gloria de Dios – por Gloria Copeland

Algo maravilloso está por suceder CON la iglesia del Señor Jesucristo. Está a punto de ALCANZAR LA ESTATURA que Dios ordenó que tuviera desde Su comienzo.
Está a punto de «que todos lleguemos a estar unidos por la fe y el conocimiento del Hijo de Dios; hasta que lleguemos a ser un hombre perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo» (Efesios 4:13).
Eso es lo que la Palabra de Dios dice y puedes darlo por hecho. ¡Sucederá—pronto! Estamos en el final de los últimos tiempos. Las señales nos rodean, ¡Jesús regresará! Él está a punto de raptar la iglesia, y cuando lo haga, estaremos unidos, glorificados y listos para irnos.
Ahora, pueda que te preguntes, ¿cómo es que lo lograremos? Con tantos desacuerdos, denominaciones y peleas ente unos y otros, ¿cómo se unirá la iglesia?
Por medio del Espíritu de Dios. Él es el que ha sido enviado para unirnos y aunque parece imposible desde una perspectiva natural, Él está capacitado para hacerlo.
El Espíritu Santo tiene la habilidad de revelarle a los creyentes de todo el planeta, la verdad acerca de la Palabra y hacer que todos estemos de acuerdo con ella. ¡Él puede hacer que la Palabra de Dios sea clara para nosotros, mientras le damos nuestra atención y pensamos más como Dios piensa!
Eso es lo importante, ¿no es cierto? No importa lo que nosotros pensemos. No importa lo que nuestra denominación piense. Importa lo que Dios piensa. Él no cambiará Sus pensamientos para acomodarlos a nosotros y nuestra denominación. El cambiará nuestros pensamientos para que se alineen con los Suyos, para que cuando Jesús venga, pueda presentarnos de la manera que Efesios 5:27 nos describe: ¡«como una iglesia gloriosa, santa e intachable, sin mancha ni arruga ni nada semejante»!
Una iglesia gloriosa no es tan solo una iglesia maravillosa. Es una iglesia donde la gloria de Dios se manifiesta. Es una iglesia donde el poder de Dios fluye con tal nivel de libertad, que las vidas son transformadas, las piernas inválidas son fortalecidas, el cáncer desaparece y los espíritus demoníacos salen de la mente y el cuerpo de la gente.
¡Una iglesia gloriosa es una iglesia donde la presencia de Dios se revela con señales, prodigios y demostraciones visibles del poder de obrar milagros, en forma tangible para las personas!

Lo que creemos determina lo que sucederá
A decir la verdad, esa es la clase de iglesia que Dios siempre ha querido. Él empezó la iglesia en el día de pentecostés con el derramamiento del Espíritu Santo, señales, prodigios y milagros; y Él proveyó para que todas esas cosas se mantuvieran en vigencia. Deberían haberlo hecho, si tan solo dependieran de Dios. Pero, no es así; también dependen de nosotros.
¡Lo que sucede en la iglesia es aquello que los creyentes de la iglesia creen!
Cuando creemos que la sanación se manifiesta en medio de nosotros, la sanación se manifiesta. Cuando creemos que la gente puede ser llena con el Espíritu Santo, la gente es llena. Cuando creemos que podemos hacer la obra de Jesús, la hacemos.
¡La iglesia va en marcha hacia la línea final y necesitamos creerle a Dios por todo lo que ha prometido! No tenemos más tiempo para quedarnos sentados recordando los grandes derramamientos de milagros del Espíritu Santo del pasado. No podemos conformarnos esperando pasivamente para que la iglesia sea llena con la gloria algún día en el futuro. Es muy tarde; necesitamos levantarnos con valentía ahora mismo y declarar como Jesús lo hizo en Lucas 4:18-21: «El Espíritu del Señor está sobre mí. Me ha ungido para proclamar buenas noticias a los pobres; me ha enviado a proclamar libertad a los cautivos, a dar vista a los ciegos, a poner en libertad a los oprimidos y a proclamar el año de la buena voluntad del Señor… Hoy se ha cumplido esta Escritura delante de ustedes.»
Por muchos años la iglesia contemporánea ha tenido una misma actitud. Los predicadores y la congregación han relegado por igual el cumplimento del plan de Dios a otra generación, o a otra providencia. Sin embargo, en los últimos años, un cambio maravilloso ha ocurrido. Más y más creyentes han empezado a esperar que esta escritura se cumpla en nuestros días. Hemos empezado a esperar que Dios se mueva en medio de nosotros y nos cambie a la imagen de Jesús: «Por lo tanto, todos nosotros, que miramos la gloria del Señor a cara descubierta, como en un espejo, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor»
(2 Corintios 3:18).
¿Por qué le tomó tanto tiempo a la iglesia, como un todo, esperar por este acontecimiento?
Una de las razones es porque por mucho tiempo la gente no sabía nada al respecto. Todo lo que se les había enseñado era que si creían en Jesús irían al cielo cuando murieran. Durante muchos años, eso es todo lo que los predicadores enseñaron, porque pensaron que ese era el único propósito del evangelio. Pensaron que el plan de redención estaba diseñado solamente para librar a la gente del infierno.
¡Sin embargo, ese no es el plan que Dios tenia a través de los siglos! Él no quiere solamente mantener a la gente por fuera del infierno. Su plan es tener una familia. Él quiere hijos e hijas espirituales con los que pueda tener una relación a Su mismo nivel, hijos e hijas que hagan Su voluntad en la Tierra como en el cielo. Él quiere hijos e hijas que caminen en Su BENDICIÓN y reinen en esta vida como si Él estuviera aquí manifestándose en Su plenitud.

Sólo una restricción
Ésta ha sido la voluntad de Dios desde el comienzo. Es lo que Él tenía en Su corazón, cuando creó a Adán y lo puso en el Jardín del Edén. Como Génesis 1:27-28 dice: «Y Dios creó al hombre a su imagen. Lo creó a imagen de Dios. Hombre y mujer los creó. Y los bendijo Dios con estas palabras: «¡Reprodúzcanse, multiplíquense, y llenen la Tierra! ¡Domínenla!»
Al hacer a Adán a Su imagen, Dios hizo a Adán tan parecido a Él como pudo. Lo vistió con la gloria divina y respiró en su espíritu Su propia Zoe, la vida eterna. Adán se parecía a Dios  por dentro y por fuera. Tenía el mismo poder en su espíritu que el poder que Dios tenía. Tenía autoridad en la Tierra, tal como Dios tenía autoridad en el cielo. Dios le dio dominio y le dio el gobierno de la Tierra en sus manos.
La única restricción que Dios le dio a Adán fue la siguiente: «no debes comer del árbol del conocimiento del bien y del mal, porque el día que comas de él ciertamente morirás» (Génesis 2:17). Sin embargo, a pesar de darle ese único mandamiento, Dios le permitió escoger. Lo dejó decidir si obedecería, o no.
Dios no forzó a Adán a hacer nada, porque no quería que fuese un esclavo. Él quería que fuera un hijo. Él quería que lo sirviera por su propia voluntad y que sólo conociera el bien, y no el mal. Pero Adán tomó la decisión incorrecta. Pecó. Desobedeció a Dios, dobló su rodilla ante el diablo y le abrió la puerta a la muerte espiritual. Perdió la BENDICIÓN y la gloria de Dios, trajo la maldición sobre la humanidad y dejó que el diablo le robara a Dios Su familia.
¿Cómo respondió Dios? ¡Empezó a trabajar inmediatamente para recuperarla! Allí mismo, en el Jardín del Edén, le dijo a la serpiente, el diablo, que tentó a Eva: «Por esto que has hecho, ¡maldita…Yo pondré enemistad entre la mujer y tú, y entre su descendencia y tu descendencia; ella te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el talón» (Génesis 3:14-15).
Desde ese momento, Dios empezó a trabajar en el día que nuevamente podría tener hijos e hijas en la Tierra, hechos a Su imagen y llenos de Su gloria. Ése era Su plan. Era Su voluntad, y debido a que Él nunca cambia, a pesar del alto precio que eso le implicaría, Él quería que sucediera.
Te lo digo—¡la paciencia de Dios es admirable! Por miles de años trabajó… y trabajó… y trabajó en el plan de redención. En todo el Antiguo Testamento lo dijo a través de Sus profetas, una y otra vez: “¡Vendrá uno que pagará el precio para tener mi familia de nuevo!” Cuando todo estuvo listo, el Espíritu de Dios vino sobre una joven mujer llamada María e hizo que Jesús fuera concebido.
¡Jesús vino no sólo como el Hijo de Dios, sino como el Hijo del hombre! Dejando de lado Sus derechos divinos, operó como un hombre en Su vida en la Tierra, porque esa era la única manera de deshacer lo que había pasado a través de la caída de Adán. Un hombre le había entregado la familia de Dios al diablo al cometer traición espiritual, y un hombre debía obtenerla de nuevo.
Esa es la razón por la que tuvo que nacer de una virgen. No fue para que pudiéramos cantar villancicos. Fue para que, como un nacido de mujer, Jesús tuviera autoridad en la Tierra, y como un hijo de Dios, Él pudiera redimirnos de la maldición del pecado.
El retrato perfecto del plan de Dios
Durante el ministerio terrenal de Jesús, Él nos pintó un retrato perfecto de la voluntad de Dios para Su familia. «Porque no busco hacer mi voluntad, sino hacer la voluntad del que me envió… Y que nada hago por mí mismo, sino que hablo según lo que el Padre me enseñó… Sino que el Padre, que vive en mí, es quien hace las obras» (Juan 5:30, 8:28, 14:10).
Cada Palabra que Jesús dijo y cada obra que hizo reflejaba el corazón de Su Padre celestial. Esa es la razón por la que nunca se rehusó a sanar a nadie. Es la razón por la que nunca oró: “Si es tu voluntad que esta persona sea sana…”, o “¿Quieres que esta persona permanezca enferma para que puedas enseñarle algo?”
Algunas personas hoy día oran de esa manera; sin embargo, Jesús nunca dijo nada parecido. ¡Al contario! Cuando las multitudes vinieron a Él, afligidas con cada enfermedad o dolencia imaginable, Él los sanó porque entendía que la enfermedad es un enemigo de Dios. Es parte de la maldición que vino a la humanidad como resultado del pecado. Es una obra del diablo que viene a robar, matar y destruir.
Primera de Juan 3:8 dice: «Para esto se ha manifestado el Hijo de Dios: para deshacer las obras del diablo». Y Jesús cumplió con Su propósito en cada oportunidad. Cada vez que alguien le abría la puerta creyendo que estaba ungido, Él destruía la obra de Satanás. El deshacía los efectos de la ley del pecado y la muerte, y les traía a las personas vida abundante.
Cuando, Jesús vino a la Tierra fue como si Dios hubiera creado nuevamente a Adán. Él era el cumplimiento de lo que Dios originalmente quiso que fuera Su familia. Tal como en el Génesis cuando el primer hombre fue creado, Jesús nació a la imagen de Dios. Tenía en Su interior la misma vida que Dios sopló en Adán. Esa vida era tan poderosa que, si alguien tocaba Su vestido con fe, sacaría la enfermedad y las dolencias de su cuerpo.
“Pero Gloria” podrías decir, “eso sucedió hace 2.000 años, ¿Qué tiene que ver eso con el plan de Dios para la iglesia de hoy?”
¡Tiene todo que ver con eso! Como creyentes, hemos sido recreados a la imagen de Dios y por lo tanto espiritualmente somos iguales a Jesús. Estamos llenos con el mismo Espíritu Santo con el que Él estaba lleno. Tenemos la vida de Dios en nuestros cuerpos terrenales tal como Él tenía la vida de Dios en Su cuerpo terrenal; así que, el mismo poder que fluyó a través de Él puede fluir a través de nosotros.
De eso se trata la imposición de las manos. Jesús dijo que como creyentes: «pondrán sus manos sobre los enfermos, y éstos sanarán» (Marcos 16:18). Él dijo que la vida y la Palabra de Dios no solamente serán salud y sanidad para nuestro cuerpo, sino que irán al cuerpo de alguien más y serán vida y salud también para su cuerpo.
El propósito de Dios para ti y para mí, como Sus hijos e hijas, es el mismo que para Su primogénito. Nosotros no estamos en la Tierra tan solo esperando ir al cielo cuando muramos. Estamos aquí para destruir las obras del diablo, deshaciendo los resultados del pecado y la muerte y ministrándole vida a la gente. Hemos nacido en la familia de Dios para siempre, para que podamos tener una relación con Él, caminar en Su gloria y hacer Su voluntad en la Tierra como en el cielo.
Lo dije antes y lo dijo nuevamente: ¡La paciencia de Dios es admirable! Él ha estado trabajando para llevar a la iglesia a la unidad, a la estatura completa de Jesús por miles de años, y ahora… está a punto de ocurrir. ¡Así que iglesia, alístate! Créelo, espéralo.
¡Estamos a punto de crecer juntos en la gloria de Dios!