Nombre sobre todo nombre

by Kenneth Copeland

¿Recibe usted la respuesta de todo lo que le pide en oración? Debería obtenerla. Muchos creyentes no lo saben, pero es verdad. Jesús mismo lo declaró, y no sólo una vez, sino varias. En Juan 14:13 Él indicó: «Y todo lo que pidiereis al Padre en mi nombre, lo haré para que el Padre sea glorificado en el Hijo». En Juan 15:16 leemos: «No me elegisteis vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros, y os he puesto para que vayáis y llevéis fruto, y vuestro fruto permanezca; para que todo lo que pidiereis al Padre en mi nombre, él os lo dé». Y en Juan 16:23 lo repite de nuevo: «En aquel día no me preguntaréis nada. De cierto, de cierto os digo, que todo cuanto pidiereis al Padre en mi nombre, os lo dará». Éstas son claras y sorprendentes declaraciones, y no le dan lugar a la idea tradicional religiosa que afirma que a veces Dios declara a nuestras oraciones, y otras no. Jesús no mencionó nada acerca de que Dios se negará a responder a nuestra oración. Él sencillamente expresó: «…todo cuanto pidieres al Padre en mi nombre, os lo dará». “Pero, hermano Copeland, Jesús se dirigía a los 12 discípulos cuando Él lo exclamó. Ése era un grupo único, y esas declaraciones no se aplican a todos nosotros”. Claro que sí. Lo sabemos porque el apóstol Juan les repitió la misma promesa a todos los creyentes, lea 1 Juan 3:22-23: «y cualquiera cosa que pidiéremos la recibiremos de él, porque guardamos sus mandamientos, y hacemos las cosas que son agradables delante de él. Y este es su mandamiento: Que creamos en el nombre de su Hijo Jesucristo, y nos amemos unos a otros como nos lo ha mandado».

 

¿Qué mandamientos?

Casi logro escucharlo: “¿Guardar los mandamientos? ¿Cómo podría siquiera calificar  para recibir la respuesta a mi oración, si primero debo obedecer todos los mandamientos estipulados en la Biblia? ¡Ni siquiera estoy seguro si los sé todos!”. No se preocupe. Ese pasaje no se refiere a todas las enseñanzas bíblicas de Dios, tampoco a los Diez Mandamientos, sino de los dos mandatos enlistados en el versículo 23, los mandamientos que se nos ordenaron en especial como creyentes del Nuevo Testamento: 1) Crean en el nombre del Hijo de Dios, Jesucristo; y 2) Ámense los unos a los otros.

 Muchas veces nos enfocamos sólo en el segundo mandamiento; asumimos que por ser  creyentes nacidos de nuevo, ya hemos hecho todo lo que necesitábamos con respecto a creer en el nombre de Jesús. Pero en realidad, desarrollar nuestra fe en el nombre de Jesús es algo que debemos cumplir de manera continua. Es nuestra primera y más importante responsabilidad. ¿Por qué? Porque creer en el nombre de Jesús nos une a Su poder, momento a momento y día tras día. Éste nos permite guardar el mandamiento del amor y nos da el poder para llevar a cabo todo lo que Dios nos ha pedido.  Y éste es la llave de oro que abre la puerta a una oración contestada.

 

 

¿Qué conlleva ese nombre?

Si desea ver un ejemplo, lea Hechos 3; ahí se muestra claramente cómo el poder del nombre de Jesús obró en la vida del paralítico. Él era cojo de nacimiento; por tanto, jamás había caminado en su vida. Debían cargarlo hasta la puerta del templo para que pudiera pedir dinero. En otras palabras, su situación era intolerable, incurable y desesperante. Sin embargo, cuando el apóstol Pedro le expresó: «…en el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y anda…», el poder de Dios restauró los huesos de ese hombre y de manera instantánea lo sanó. Por supuesto, los testigos de dicho suceso, trataron de darle el crédito a Pedro; justo como actúa la gente de hoy en día. Ellos creyeron que él poseía algún poder especial de sanidad por ser apóstol. No obstante, Pedro les aclaró: «…¿por qué ponéis los ojos en nosotros, como si por nuestro poder o piedad hubiésemos hecho andar a éste? El Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, el Dios de nuestros padres, ha glorificado a su Hijo Jesús… y por la fe en su nombre… él ha dado a éste completa sanidad…». Usted podría decir: “Bien, no entiendo cómo el nombre de alguien pudo realizar ese milagro? Se debe a que en nuestra cultura occidental, un nombre no significa mucho. Sólo es una palabra con un sonido agradable que nuestra madre escogió para llamarnos a cenar, para no tener que decir: “¡Ey, tú!”. No obstante, en otras culturas, en particular las bíblicas, los nombres son cruciales. El nombre de una persona puede dirigir el curso de su vida. Por esa razón, Dios le cambió el nombre a Abram por Abraham cuando le prometió un hijo. Abraham significa: “padre de multitudes”. Entonces, cada vez que alguien le decía Abraham, él se identificaba  como el padre de multitudes. Cada vez que se presentaba, declaraba que era el padre de multitudes. En poco tiempo, Abraham desarrolló fe en el nombre que Dios le había dado y, en efecto, ese anciano que no tenía hijos, no sólo se convirtió en el padre de Isaac, ¡sino también de multitudes!

 

 Un nombre peligrosamente poderoso

 Como creyentes deberíamos desarrollar esa misma clase de fe en el nombre de Jesús. Sin embargo, antes de lograrlo, es necesario que entendamos qué significa en realidad ese nombre. Es importante que comprendamos que éste verdaderamente es el Nombre sobre todo nombre. El nombre de Jesús es tan poderoso y sublime que sólo existe otro que se le asemeja. Es el primer gran nombre que se ha dado a conocer a  la humanidad  —el santo, indescriptible nombre del mismo Dios Padre—. Es el maravilloso nombre que Dios le reveló a Moisés cuando le habló desde la zarza ardiente, y le dijo que liberara a los hijos de Israel de la esclavitud de Egipto. Cuando Moisés le preguntó qué necesitaba decir cuando los israelitas cuestionaran el nombre del Dios que lo había enviado, Él le indicó: «…YO SOY EL QUE SOY. Y dijo: Así dirás a los hijos de Israel: YO SOY me envió a vosotros. Además dijo Dios a Moisés: Así dirás a los hijos de Israel: Jehová, el Dios de vuestros padres, el Dios de Abraham, Dios de Isaac y Dios de Jacob, me ha enviado a vosotros. Este es mi nombre para siempre; con él se me recordará por todos los siglos…» (Éxodo 3:14-15). En la actualidad, la frase YO SOY EL QUE SOY no tiene gran significado. Sólo pensamos: “yo soy ¿qué…?”. No obstante, en el idioma hebreo esto quiere decir: Yo soy impresionantemente profundo. Soy el todo. Soy inescrutable. No tengo principio ni fin. Soy todo en todo. En hebreo la frase, YO SOY EL QUE SOY comunica algo tan poderoso que hasta la piel se eriza. Quizá Moisés se maravillaba con sólo escuchar ese nombre. Sin embargo, Dios no se detuvo ahí. Él continuó y se le presentó a Moisés como: “El SEÑOR Dios de sus padres…” (Traducción libre de King James Version). Dése cuenta de que la palabra del SEÑOR aparece escrita en letras mayúsculas. Eso es porque ésta representa el nombre de Dios referido por unos eruditos cristianos como el nombre Jehová. Son las letras del nombre hebreo usado 6,000 veces en el Antiguo Testamento, Jehová es el nombre personal del Padre. Este nombre personifica todo lo que es Dios. Conlleva todo Su poder y gloria. Es tan maravilloso y santo que todo aquel que lo use en vano morirá. Por esa razón, en el Antiguo Testamento, el Sumo Sacerdote declaraba ese nombre una sola vez al año cuando entraba al Lugar Santísimo, después de finalizar la ceremonia de lavamiento y sacrificio de sangre. Con el transcurso del tiempo, los judíos decidieron que el nombre personal de Dios era tan peligroso que no deberían declararlo en lo absoluto. Por tanto, reemplazaron ese nombre por Adonai. Y algunos ni siquiera lo decían, sino jashem, lo cual significa: "el Nombre".

 

 El Espíritu del Señor está sobre mí

¿En qué se relaciona todo esto al nombre de Jesús? En todo. El poder que reside en el nombre del SEÑOR le permitió a Jesús realizar obras milagrosas mientras estuvo en la Tierra. Él se mencionó a Sí mismo. Al inicio de Su ministerio, después de ser bautizado en el Espíritu Santo, entró a la sinagoga y declaró: «El Espíritu del Señor está sobre mí, por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres; me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón; a pregonar libertad a los cautivos, y vista a los ciegos; a poner en libertad a los oprimidos. A predicar el año agradable del Señor» (Lucas 4:18-19). Jesús con libertad declaró este mismo nombre, en lugar de sustituirlo. Fue el Espíritu del SEÑOR que le permitió a Jesús ir: «…haciendo bienes y sanando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él» (Hechos 10:38). En otras palabras, Dios residía y habitaba totalmente en Jesús durante Su ministerio terrenal; pues Su nombre llevaba el poder y la autoridad del mismo SEÑOR.

Cuando Jesús fue a la Cruz y llevó sobre Él todos los pecados del mundo, lo inimaginable sucedió. El Espíritu del SEÑOR que había residido en Su interior se apartó (Mateo 27:46), y la muerte vino sobre Él —no porque hubiera pecado, sino porque se sacrificó a Sí mismo siendo obediente—. Sin duda, en ese momento Él pudo escuchar a los demonios gritar por el triunfo. Ellos creyeron que lo habían atrapado; creyeron que Él había blasfemado en contra de Dios y que por esa razón lo había condenado para siempre.

No obstante, esto fue una trampa… y Satanás cayó en ella. Valientemente, abrió la puerta del infierno y dejó entrar a Jesús. Allí, en esa fosa, Jesús pagó el precio completo por el pecado. Él cargó la maldición de la condenación por toda la humanidad.

 

El campeón de campeones

 Pero Dios no abandonó a Jesús en ese lugar. Al momento que la pena por el pecado fue por completo cumplida, la voz del SEÑOR mismo como estruendo salió del cielo y explotó en la misma profundidad del infierno mientras decía: «Porque ¿a cuál de los ángeles dijo Dios jamás: Mi Hijo eres tú, yo te he engendrado hoy, y otra vez: Yo seré a él Padre, y él me será a mí hijo?» (Hebreos 1:5). Con estas palabras, la misma gloria de Dios se introdujo en el espíritu de Jesús, el cual se encontraba atormentado y agobiado por el pecado y la muerte. De pronto, resucitó en poder y majestad; y ascendió con autoridad de aquel lugar como un Hombre renacido, glorificado y unido al ¡mismo SEÑOR de gloria! Derribando todo demonio, principado, poder, gobernante de las tinieblas, y en especial a Satanás. Jesús destruyó la región de los muertos y liberó a los cautivos que se encontraban en el seno de Abraham. Él salió como estruendo de ese lugar, en una victoria gloriosa sobre todo el infierno, la muerte, los demonios; y «…los exhibió públicamente, triunfando sobre ellos en la cruz» (Colosenses 2:15). Jesús regresó al cielo como un guerrero vencedor. Él volvió como el héroe de todos los tiempos, pues Él efectuó la purificación de nuestros pecados por medio de Sí mismo, le quitó Sus armas al diablo  y tomó de nuevo las llaves de la muerte y del infierno. En honor a la gran victoria de Jesús: «…Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre, para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra; y toda lengua confiese que Jesucristo es el SEÑOR, para gloria de Dios Padre» (Filipenses 2:9-11).

¿Se da cuenta de lo que eso significa? Esto quiere decir  que le fue dado el nombre de Jehová, y además ¡se le agregó honor! A Él se le ha dado ese nombre, así como todos aquellos por medio de los cuales se ha conocido a Dios a través de los tiempos. Su nombre representa al ¡Campeón de campeones! Cuando oramos por fe en ese nombre, todo el cielo —incluyendo las fuerzas angelicales, el poderoso Espíritu Santo y nuestro Padre celestial— responde. Al momento de pronunciar ese nombre, todo el infierno y el diablo doblan sus rodillas; no les queda más alternativa. La fuerza que se libera mediante el nombre de Jesús, ejerce tanta presión sobre Satanás que él debe huir; por tanto, no puede obrar en la presencia de este nombre. Ahora usted puede entender por qué Jesús de manera valiente declaró: «Y todo lo que pidiereis al Padre en mi nombre, será hecho». Él comprendió el poder de Su nombre. Es tiempo que entendamos, reverenciemos, desarrollemos fe en éste… y lo pongamos a obrar. Al hacerlo, la voluntad de Dios se cumplirá en la Tierra, así como en el cielo. Y el infierno mismo no podrá impedir que recibamos las respuestas de nuestras oraciones.

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